Indecisa, inconcreta.
Sin un lenguaje comprensible a mano.
El azar se nombró protagonista
cuando todos esperamos
el GRAN MOMENTO trascendencia.
Esto es lo que pasa, dirían: de todo y nada.
Y los recuerdos se esfuman,
y tu voz ya no existe, ni tu pelo,
ni tu ira, ni tus malas palabras.
Tampoco existe ya lo que apenas importaba,
ni los motivos principales, ni tus llantos,
ni tus buenas intenciones.
Tanto jaleo... tanto, tanto jaleo.
No quiero, decías. Me da miedo, decías.
Calla, respondían. Entra.
Caminar y echar raíces
donde solo hay ya cenizas,
permitiros la salida y quizás comprender.
Hundida entre el tiempo envejecido,
el espejo que es tu piel,
los deseos de (quizá) mañana.
Clavando las uñas hasta sangrar,
empleando a fondo mis dientes.
Nunca supe protestar antes de que fuera tarde.
Tres caballos heridos,
una ardilla desde el árbol.
Esta farsa, nena, este juego es el que toca.
No alcanzaste su sonrisa por más que corriste tras ella...
No averiguaste qué trazos dibujaba su ropa.
En qué momento... eh?
No alcanzaste su sonrisa.
Por más que corrías.
martes, 6 de noviembre de 2012
viernes, 14 de septiembre de 2012
Rojo perfecto
No existió jamás tanto tabaco.
Nunca una boca soportó tanto placer.
Te deshacías, te deslizabas hacia el suelo.
Y lamiste sus pies, sus rodillas, su cuello, su mirada...
a aquel extraño.
Con los dedos empapados,
con el sudor aún reciente,
decidiste que su propio aliento era ahora tu vida.
Y ahí estabas,
enorme, ágil, eterna,
en breve terminada.
Sus manos, de momento, era todo cuanto había.
Sus manos lo eran todo.
Sus manos, lo eran todo.
Y por supuesto nada más,
ni más música, ni pájaros,
ni tantos atardeceres.
Ninguna despedida digna.
"Tantos viajes, tantas páginas de Kerouac,
tanta cárcel, para morir sólo, ¿comprendes?
¿Ves los pequeños cactus miserables?"
Para qué conservar tantos recuerdos.
Al marcharnos sólo quedó el fuego.
Y al volver ya eran cenizas.
Arriesgaste demasiado, nena,
pero quizás valió la pena.
Nunca una boca soportó tanto placer.
Te deshacías, te deslizabas hacia el suelo.
Y lamiste sus pies, sus rodillas, su cuello, su mirada...
a aquel extraño.
Con los dedos empapados,
con el sudor aún reciente,
decidiste que su propio aliento era ahora tu vida.
Y ahí estabas,
enorme, ágil, eterna,
en breve terminada.
Sus manos, de momento, era todo cuanto había.
Sus manos lo eran todo.
Sus manos, lo eran todo.
Y por supuesto nada más,
ni más música, ni pájaros,
ni tantos atardeceres.
Ninguna despedida digna.
"Tantos viajes, tantas páginas de Kerouac,
tanta cárcel, para morir sólo, ¿comprendes?
¿Ves los pequeños cactus miserables?"
Para qué conservar tantos recuerdos.
Al marcharnos sólo quedó el fuego.
Y al volver ya eran cenizas.
Arriesgaste demasiado, nena,
pero quizás valió la pena.
domingo, 12 de agosto de 2012
Un lugar donde quedarse
Desde el coche,
diciendo adiós incansable
hasta desaparecer.
Su habitación no se ha tocado
desde aquel día.
Y todos los veranos vuelve a tener
siete años, trece, dieciséis.
Sueña con amar y errar
hasta encontrar un lugar donde quedarse.
Entre alcohol y manos extrañas,
una canción distinta cada noche.
Polvo y tierra en sus zapatos
recién limpios.
Enredó su pelo hasta no importarle.
Caminó aún más lejos de lo que se propuso.
Me dijo: aquí te llevo.
Y tú, quédate con esto (nada).
Deshaciéndome, como cada septiembre.
Reptando entre paredes lisas y rugosas,
haciendo sangrar mis nudillos.
Volviendo a ella y sus caprichos,
a mis hermanos, que no están.
A las mañanas de tele y de piscina,
a tu cama, cada año más pequeña.
Ya crecerán los chicos.
Los chicos se hicieron grandes,
aprendieron también a olvidar.
En su ventana ya no hay cristales.
Su mirada no está tan viva.
No reconozco su voz.
lunes, 30 de julio de 2012
Qué putada, Carlota
... Y así superamos juntos
el domingo.
Me bastaba mirarla:
Su pelo rojo, sus pocas palabras,
su respuesta siempre ingénua.
Tremenda.
Tenías un verano enterno,
tu propio cuerpo dejó de estorbarte.
Subías escaleras de dos en dos.
Suelo llorar, decías,
y todos sabíamos
que te faltaban razones.
Pasé horas nadando
entre los dibujos de tu espalda
mientras tu dormías.
... Y en tu habitación
el tiempo se detiene
y vuela a la vez.
Fuera de nuevo el bullicio estallaba.
Respira. Respira otra vez.
A las once Carlota vuelve a casa.
Lo conseguimos,
no era tan difícil.
lunes, 9 de julio de 2012
Harsuf
Agarro a mi musa del pelo en cuanto la veo pasar.
La beso hasta tragarme toda su saliva.
Ella me ofrece: sus piernas, su sexo, sus ganas, su cansancio.
Los lugares donde no ha viajado,
todo aquello que dice que le gusta.
Obviando que ama y odia a partes iguales.
Después pasaré lista a mis errores, como siempre toca.
La beso hasta tragarme toda su saliva.
Ella me ofrece: sus piernas, su sexo, sus ganas, su cansancio.
Los lugares donde no ha viajado,
todo aquello que dice que le gusta.
Obviando que ama y odia a partes iguales.
Esta vez no te me escapas.
Y me vuelvo humo, vapor invisible.
Floto en el cuarto de El Chico al que pese a mi empeño no llegué a querer,
en esos días llenos de hormonas, apatía, de tanto calor, tantos gritos y silencio.
Tras un portazo oportuno
ya van años sin vernos...
Caminaste lejos.
Qué importa ahora todo lo que antes importaba.
Te regalo mi mirada, y mi atención, que no es poco.
Rozo la tierra en esta cama: deseos que también algúna vez fueron inquietos.
Después pasaré lista a mis errores, como siempre toca.
Y tu te irás con la cabeza gacha,
intentando todavía encontrar palabras
de un idioma al cual no pertenezco.
Esto es arena, esto es mar, esto es el aire que respiras.
Tus manos arden, me queman, decido fundirme
como agosto en el asfalto.
Esto es ahora Hong Kong, canta Springsteen: The River.
No más tiempo para perder.
Tantos kilómetros, y yo aún virgen.
martes, 19 de junio de 2012
Hecho
Demasiado alto.
Demasiado rápido.
Ya sabes,
abrir las alas
y no encontrar momento
de volver al suelo.
Me asomas a restos de tu mar,
y decido quedarme allí para siempre,
junto a su voz, a su ir y venir,
su atardecer diferente cada día.
También a ti aprendí a amarte
lejos de quien creí haber sido hasta entonces.
Apartando la evidencia,
tan insistente...
Así crecimos,
siendo lo que siempre fuimos,
vistiendo la misma ropa,
cruzando las mismas calles.
Y si te encuentro?
Y si dejo de buscar y no encuentro?
Mañana hablamos, dices.
Y me calmo porque quiero:
Tu sexo desconocido,
tus ganas de seguir viajando.
Tu torpeza, tu tacto tan frágil.
Tu media sonrisa, tu orgullo,
tu rabia en el fondo.
Quisiste olvidarme,
what a nightmare, you left me.
Pasaré la noche en la noria,
deseando que esta vez me entiendas.
Rozando el polvo con las manos
y el cielo con los pies.
Dejándome dormir,
sin horas, sin sábanas, sin ruido.
sábado, 2 de junio de 2012
Nadie ve como nosotros
Se apagan las luces y nace el artista.
Como a cada momento te desnudas
y me comprometes a sonreir a tu complicidad.
Que nada de lo que conocemos se encuentra cerca,
ni tampoco demasiado lejos.
Como a cada momento te desnudas
y me comprometes a sonreir a tu complicidad.
Que nada de lo que conocemos se encuentra cerca,
ni tampoco demasiado lejos.
Ni hay zapatos, ni conversaciones,
ni argumentos incómodos.
Silencio llegó y se quitó el disfraz.
Pensamos: quizá se refirieran a esto,
cuando tanto se ha hablado y tan poco
se ha sabido.
Nunca - Siempre.
Y hoy me cuesta recordarte.
Tanto empeño por convencerme
en no crecer...
Es: aprender a despedirse, no sufrir más afonías,
creer que ahora sí lo sabes todo.
A veces, preferir olvidar.
Es que terminaron los días de ensayo y error,
el peligro en la escoliosis,
saliva, saliva, saliva.
Decidir qué si y qué no
desconocer la nimiedad de cualquier asunto.
Imaginar...
Eso dicen.
Juego empapada en sangre
entre cuchillos y heridas abiertas.
El tiempo también anida entre vosotros.
Tras vuestras ventanas,
en cualquiera de estos frascos,
bajo tu pantalón, pegándose a tu piel.
Caminas sin prestarle a penas atención.
Confirmo el placer de desatarme contigo,
saltando entre tu cara de sorpresa
y tu risa imparable.
Querría también aquellas tardes,
Nueva York en los setenta
junto a Sandy, Patti y Robert.
Magia en la punta de mis dedos.
Que llueva, que se haga denoche.
Dormirme en el asiento de atrás de cada coche.
Sufrir un abandono en cada ciudad extraña.
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