miércoles, 25 de junio de 2008


Preciosos

Me acuesto con hambre y ganas de verte. De dejarme de tonterías, de saber hacia qué dirección debo torcer el volante (…podrías empezar por enderezarlo).

Esta ciudad sigue teniendo diecisiete años, y esta calma inmensa, y horas perdidas. Soy un dinosaurio caminando entre los coches, cuidando bien por dónde piso. Desconecta el móvil, olvida el ordenador. A ver, céntrate.

Estas peleas te mojan como una ducha fría. Tienes la cara empapada. Agitada, y tartamudeante. Sin dudarlo me has acercado hasta ti… y me has ofrecido golosinas. El amor tampoco dura siempre, Cachorro. Me has regalado un par de alas breves para este paseo.

Página en blanco

El sabor del café: consigo espabilar tras dos bostezos seguidos. Me niego a distinguir entre los buenos sueños y la buena suerte. Todo ocurrirá mañana. Espera paciente y no mires más el reloj, tan lento y áspero, tan punzante.

Tus preguntas me producen vértigo. Atraigo el color negro, empuño un pincel en blanco y trazo, rectas y armónicas las palabras. De aquí nadie me mueve.

La fascinación por los abismos viene sola e imparable. Me laten las ganas y me balancean los nervios. Tengo dudas y es tarde para no aparentarlo. Invento comodidad en los espacios que imaginas, donde aterrizo de golpe, ¡zas! Unos segundos para adaptarme y entonces abrir las puertas de mi propia casa, con su olor, con sus recuerdos.

Ha llegado el profesor. Silencio. Te contaré después.

… Respiro el frío de Irlanda a través de esta celda de cristales polvorientos. Y el calor de mi familia en Montrose. Mi primera mascota, y la alegría indespegable de mis cejas. He sido la elegida.

Baño tu cuerpo desnudo en agua caliente, y acabo fundiéndome en tu piel ardiendo, en el vapor hipnótico. Preguntas: ¿qué te gusta de mí? ¿Por qué me besas ahora? No me he dado cuenta y he derramado sobre la cama todos mis cuentos. Esquemas perfectos que el chico de la pasión incontrolable, el único, transformó en líneas titubeantes, y luego quemó con su mirada imperante.

Desaparece el tiempo. Un fogonazo me ciega: quedamos en que olvidarías todo esto. La embriaguez me empuja a llamarte, todavía, me da todo el derecho. Me ofrece una bandera, y aunque luego me arrepienta sensata, ahora la sostengo orgullosa.

Mutación

Vivo en la ciudad emigrante: los países también mutan. Nada de lo que tengo es mío.

Guardas un ligero parecido con todas las bocas que has besado. Hoy me zambullo en flujo vaginal y encuentro cada esquina que doblo aún más afilada que la anterior. El amor se fue con tus lágrimas y me regaló una cena de sabor agridulce y un postre que aún está por llegar. Te acomplejas de tu perfección y tratas de ignorar, como si fueran amigos ajenos, las oportunidades de exhibir tus ideas, sacar a pasear tu verdadero timbre de voz.

Cuánta tristeza que te vayas, y qué tortura, por tu parte, pedirme que me quede un rato más para verlo.

Traductor inmediato que reste importancia a mis palabras con sangre visceral de recién nacido. Un llanto sordo, energías que no llegan a transmitirse: no se enciende la luz. Qué incómodo, qué insípida esta hoguera, qué fiesta tan a destiempo.

El chico del mundo en su mirada parece no haber entendido. Qué bonito fue, sin embargo, todo contigo. Tu oxígeno, tu risa. Pero me he cansado de ser un payaso, mis carcajadas suenan estridentes y el maquillaje daña la vista. Me das la mano y camino sonriente, y en el fondo estoy maldiciendo mi cobardía, que deja morir mis verdaderos deseos, y da un portazo a mi voluntad, serena y mucho más grande que las razones que decido acatar. Como el chico de la pasión incontrolable, incapaz de seguir el camino correcto. Como mi hermano, abandonándose. Como la Nena, con miedo a estar sola, probando suerte sin descanso.

Muy amable con tus regalos, tus permisos de última hora. Qué satisfecha debería sentirme. Cogeré una pancarta de agradecimiento para colgarla en tu portal. Con los puños rotos y la voz rasgada de gritarme imbécil. No debí dejarte regocijar en el gusto de marcharte lentamente. “Ya no te quiero”.

Sigo enamorada del despojo rabioso de un adolescente entusiasta, de un aprendiz de artista sin gracia y sin escucha, de una noche mágica del diciembre pasado. Me deshago en promesas que no logran convencerme. Masturbo mentes ajenas e inocentes hasta agotarlas, trato de quitar máscaras y sin embargo, sigo imaginando su cara en cada uno.

Una enfermedad letal: aprovecha este minuto para contarme todo lo que olvidaste la última vez.

Invisibles

Amarte con solo mirarte. Tener todo el tiempo, no detenerme en nada. Que vuelves y me entregas sueños, escenas, un futuro de color cierto y unos brazos en los que envolverme. Un cuerpo al que no me cansaré de mirar. El chico al que nunca quise trataba de explicarse: ojala fuera pintor para encontrar un modo de expresarme.

Encontrarte después de tantos años, tú que sin darte cuenta colocaste este par de alas en mi espalda y me echaste a volar. Tú, tan insignificante, tan lejos y tan cerca, tan desconocida y tan mencionada. La luna y tú… Me basta con observarte, imaginarte, como siempre, no acercarme demasiado por si me descubres y ensucias mis planes sin estrenar. Tan perdida en tu pelo, en tus manos… dejarme la vida en tu sonrisa, olvidarme de todo si es preciso. Lo que sea.

Que me regalas belleza y no quiero ignorarlo, que se me escapa la mirada, que me desnudo de disfraces, que te hago entender, que te zarandeo y en un chasquido de dedos me encuentro sola contigo, en el mundo de El chico que hablaba sin palabras, y dejamos que la luz de la noche siga penetrando. Pasan los segundos tan rápido como queremos. Nos manejamos. Túmbate sobre mí y duerme, y quien quiera que llame a la puerta.

Me descalzo para sentir el frío del suelo, como aquella madrugada tan triste. Cuento hasta tres y juego a dejar la mente en blanco, a escuchar un despertador inexistente, a mirar cómo se escapan los pájaros que dibujé en un papel. Reclamo a gritos los tesoros que ayer me llenaban las manos, las calles atestadas de gente entre la que difuminarme. Reclamo el poder de ser invisible y de encontrar los polvos mágicos en el momento adecuado.

Me intimidas, me exiges sinceridad, me regalas algo grande y siento la deuda de compartirme también contigo. Reconozco el secreto frágil apoyado en mis rodillas, pido complicidad, y me respondes guiñando un ojo.

Tráete el mar

Te metes en mi juego y disimulo lo bien que a estas alturas me conozco tu estrategia. Puedes venirme de maravilla. Te veo, te percibo, te trago y me río de haberme creído de nuevo más fuerte que tú, más viva, capaz de burlarme de tus nervios y tu inseguridad. Me dejas clavada en el asiento, y confío tanto en ti que dejo que el sueño me venza. Relación sexual descompensada, desequilibrio incómodo. Intento encontrar los ejes adecuados, ojala tu cuerpo fuera tan grande como tus sentimientos, sorprendente, como tus ideas.

No te canses y pide más. Me duermo a deshora, me levanto por inercia. Dejé mis pisadas marcadas en la nieve sin tener en cuenta a los cazadores. Deja de hablarme, te crees que sólo te escucho cuando te paras a explicarme.

¿Quieres saber qué estoy pensando? Te estoy quitando la ropa.

La melancolía son planos lentos, arrepentimiento, colores deslucidos, voces familiares ahora sin textura. Son los caminos que no escogiste, instantes decisivos, sabor intenso entre los dientes. Es un corto trayecto en coche hacia el pantano, humo de hachís en calma. Son las piedras, el agua, el tiempo aparcado. Son desconocidos, precaución, miedo, advertencias y obediencia.

Me lo das todo. Finjo y te recibo con los brazos abiertos como pedías. Igual que El amigo - oxígeno permanece fiel desde el principio y hasta el final a su voluntad. Me abrazas y lo que siento me devuelve a él, a cuando me di entonces por un precio nulo, a las noches en su habitación, a lo cortos que se hacían los días. Que me acuerdo de todo lo que imaginé, y me faltan lienzos para dibujarlo, para expresar lo que espero. La rabia de no comprenderle, y negarme a aceptar la derrota. Silencio que evita el malentendido, excusas para llegar cada vez más tarde. Anécdotas que cambiarán su vida: tú y yo frente al reloj.

Mis zapatos

Las tardes están llenas de personas deseosas de jugar, mentes vivas atiborradas de ideas aparatosas y respuestas imprevisibles. Tengo: hormigas entre las piernas, una piedra en el bolsillo, hojas sin un espacio en blanco. Consulto el reloj: qué pronto oscurece el cielo. Como si fuera invierno y no tuviera dudas sobre qué hacer mañana. Como cuando era valiente, cuando me brillaban las palmas de las manos y el suelo ardía en llamas.

He vuelto la cara al cruzarme con mi hermano. Engañamos juntos a papá para que no enfadara. Nadie es capaz de comprar mis recuerdos, y los sueños pueden mutar. Tú, con tu papada y tus desmanes de mal genio, sin tener en cuenta los consejos desvividos, tratando tus zapatos como si siempre fuera el día de su estreno.